
Sin embargo, incluso en su culminación, ¿no se malgastó siempre esa fuerza en defendernos a nosotras, y a nuestros hijos, contra otros de su género? ¿Merecen el coste sus mejores momentos?
La Madre Naturaleza trabaja siguiendo una lógica, según un código riguroso que servía cuando éramos bestias, pero ya no. Ahora dominamos sus herramientas, su arte, a fondo. Y con la habilidad aparece el deseo de cambio. Las mujeres (algunas mujeres) exigen un modo de vida mejor.
Así, camaradas, buscamos este mundo, muy lejos de la molesta moderación del Phylum Homínido. El desafío de esta generación fundadora es mejorar el diseño de la humanidad.
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Un rayo de luz oblicua se desparramaba sobre la mesa situada junto a la cama de Maia, iluminando un metro de lustrosa trenza de color castaño. Recién cortada. Extendida a lo largo de la desvencijada mesilla de noche y atada por ambos extremos con lazos azules.
Azul de concha estelar, el color de las despedidas. Y junto a la trenza, un par de brillantes tijeras se alzaban como una bailarina haciendo equilibrios sobre un pie, una punta clavada en la superficie de la mesa. Parpadeando adormilada, Maia contempló aquellos objetos (iluminados por un trapecio de oblicua luz del amanecer), esforzándose por separarlos de los símbolos de su reciente sueño.
De inmediato, comprendió su significado.
—Lysos —jadeó, apartando las sábanas—. ¡Leie lo ha hecho de veras!
Unos escalofríos repentinos le hicieron darse cuenta de otra cosa. ¡Su hermana también se había dejado la ventana abierta! Los vientos llegados del glaciar Firme agitaban las cortinas pardas del cuartito, haciendo rodar bolas de polvo por el suelo de madera hasta su abultada mochila. Maia corrió a cerrar los postigos y contempló el rojo amanecer teñir los tejados de pizarra de las casas de los clanes de Puerto Sanger, tan parecidas a castillos.
