La brisa traía los aullidos de las gaviotas y los aromas de lejanos icebergs, pero disfrutar de las mañanas era un vicio que nunca había compartido con su madrugadora gemela.

—Uf. —Maia se llevó una mano a la cabeza—. ¿Fue de verdad idea mía trabajar anoche?

Había parecido lógico en ese momento.

Nos harán falta las últimas noticias antes de partir —había instado Maia, firmando por ambas por última vez para atender las mesas de la casa de invitados del clan—. Podríamos oír algo útil, y una moneda extra o dos no nos vendrán mal.

Los hombres del barco de madera, el Gaviota Galante, estaban llenos de chismorreos, cierto, y de dulce vino lamatiano. Pero los marineros no prestaron atención a dos adolescentes veraniegas (dos mocosas variantes), cuando había regordetas Lamai invernales cerca, todas atractivamente idénticas, bien vestidas y de buenos modales. Adulando y achuchando a los oficiales, las jóvenes Lamai habían chasqueado los dedos hasta pasada la medianoche, enviando a Maia y a Leie a traer más jarras de fuerte cerveza.

La ventana abierta debía de ser la forma que tenía Leie de desquitarse.

Oh, bueno, pensó Maia, a la defensiva. También ella ha tenido bastantes ideas malas. Lo que importaba era que tenían un plan, las dos, elaborado pacientemente año tras año en aquella habitación del ático. Durante toda la vida habían sabido que llegaría este día. Por no mencionar cuántos trabajos horribles tendremos que soportar antes de encontrar nuestro nicho.

Justo cuando Maia pensaba en volverse a meter entre las mantas, sonó la campana de la Torre Norte, sacudiendo aquel pobre rincón del extenso compuesto Lamai.



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