
Aquélla era también la dirección en la que había sido visto por última vez su barco—paterno, algunos años atrás.
—No puede perjudicarnos mantener los ojos abiertos —había propuesto Leie, aunque Maia se había preguntado, escéptica: Si alguna vez conocemos a nuestro padre genético, ¿de qué podríamos hablar?
Todavía salía agua tibia del grifo del rincón, lo que Maia tomó como un agradable presagio. El desayuno también estará incluido, pensó mientras se lavaba la cara, si llego a la cocina antes que las mocosas invernales.
Frente al diminuto espejo de mesa (una propiedad del clan que echaría terriblemente de menos), Maia se arregló la trenza característica de la Familia Lamatia, haciendo obstinadamente un trabajo mejor que el de Leie. Ató los extremos superior e inferior con lazos azules, sacados de su bolsillo. En un momento determinado, sus propios ojos castaños la miraron, levemente ensombrecidos por las claras cejas no—Lamai, legado de su desconocido padre. Al contemplar aquellos oscuros iris, Maia se sorprendió al encontrar lo que menos quería ver: un húmedo destello de temor. Una contrición. Conciencia de un ancho mundo esperándola más allá de la familiar bahía. Un mundo a la vez atractivo y notablemente implacable con las jóvenes vars solitarias que no tuvieran inteligencia o suerte. Tras cruzar los brazos sobre el pecho, Maia luchó contra un estertor de protesta.
¿Cómo puedo dejar esta habitación? ¿Cómo pueden obligarme a marchar?
Un brusco pánico se cernió sobre ella atenazándola como un bloque de hielo, trabando sus miembros, su respiración. Sólo su acelerado corazón parecía capaz de moverse, agitando su pecho, acelerando inevitablemente… hasta que rompió el hechizo un pensamiento penetrante:
