
Así lo conceda Lysos. Maia se tiró de una oreja para darse suerte y siguió cargando su petate mientras bajaba las retorcidas escaleras traseras de la Casa Infantil de Verano de Lamatia, gastadas ya por el paso de generaciones. Ante cada ventana hendida una brisa helada le acariciaba la nuca, provocándole la extraña sensación de que la seguían. El petate era pesado, y Maia tuvo la sospecha de que su hermana lo había cargado con algo más mientras le daba la espalda. Si hubieran conservado sus trenzas una hora más, las madres podrían haberles asignado un lugar para que llevara sus efectos a los muelles. Pero Leie había dicho que contar con los lúgars las volvería blandas, y en eso probablemente llevaba razón. No habría gigantes dóciles para suavizar su trabajo en el mar.
El Patio de Verano no hacía honor a su nombre, permanentemente a la sombra de las torres donde habitaban las invernales tras hileras de ventanas con cristales y cortinas de seda. El oscuro lugar estaba desierto a excepción de una figura inclinada que pasaba la escoba bajo las ceñudas figuras de piedra de las primeras madres del Clan Lamai, todas talladas con expresión uniforme de desdén y labios arrugados. Maia se detuvo a observar al viejo Bennett barrer las hojas de otoño, su barba blanca agitándose en suave compás. No era legalmente un hombre, sino un «retirado»; Bennett había sido traído aquí cuando su hermandad de marinos ya no pudo cuidarlo, una tradición abandonada por otros matriarcados hacía tiempo, pero orgullosamente mantenida por Lamatia.
Recién instalado allí, los ojos de Bennett conservaban un atisbo de fuego, y también mantenía su voz resonante. Toda la virilidad física había desaparecido, sí, pero era recordada todavía, pues solía pellizcar traseros de vez en cuando, provocando grititos de complacida furia en las muchachas y frías miradas de desaprobación por parte de las matronas.
