El patio descendía suavemente hasta la boca de piedras gredosas de una barranca de donde en otro tiempo había provenido un número considerable de los ladrillos para las construcciones de Sydney; ahora servía de lugar muy conveniente para que la señora vaciara su bacinilla cada mañana, pues ella se aferraba obstinadamente a sus hábitos campesinos e insistía en usar el orinal en la noche.

Cuando el contenido del recipiente cruzó el aire formando un arco continuo de pálido ámbar hacia el fondo de la barranca, la señora Parker volvió la cabeza y vio con acritud a los hombres semidesnudos.

– ¡Buenos días, señora Parker! -saludó Harry-. Supongo que tenemos que terminar hoy este trabajo.

– ¡Y vaya que ya era tiempo, montón de haraganes! -replicó la señora mientras subía de regreso, sin dar muestras de turbación-. ¡Lo que tengo que aguantar por causa de ustedes! La señorita Horton se quejaba anoche de que sus valiosos geranios rosados están todos cubiertos de polvo de cemento y que algún tonto tiró por sobre el cerco un ladrillo y le aplastó el helecho ayer por la tarde.

– Si la señorita Horton es la solterona que vive al otro lado -le murmuró Mick Devine a Bill Naismith-, apostaría que el tal helecho no se aplastó ayer con un ladrillo, ¡sino que murió hace años por falta de fertilizante!

Todavía rezongando en voz alta, la señora desapareció dentro de la casa con su bacinilla vacía; a los pocos segundos los hombres oyeron los fuertes ruidos que hacía la señora Emily Parker al lavarla en el baño de la terraza trasera, seguidos del ruido del tanque de agua al vaciarse y del sonido de la porcelana de la bacinilla al colgarla en el gancho del que pendía durante el día encima del depósito, más ortodoxo, de los desechos humanos.



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