– Caramba, apostaría que la maldita hierba está bien verde en el barranco -les comentó Harry a los miembros de la cuadrilla que sonreían burlonamente.

– Lo que me extraña es que no lo haya inundado hace mucho tiempo -se rió Bill por lo bajo.

– Bien, si quieren saberlo -dijo Mick-. En esta época y con dos buenos baños en casa, es de las que todavía mean en escupidera.

– ¿Escupidera? -repitió Tim Melville.

– Sí, hombre, escupidera. Escupidera es esa cosa que se pone debajo de la cama todas las noches y en la que siempre mete uno el maldito pie cuando se levanta con prisas -explicó Harry. Miró su reloj-. Me imagino que el camión mezclador de cemento debe estar por llegar de un momento a otro. Tim, vete al frente de la casa y espéralo. Saca del camión la carretilla grande y empieza a traernos la mezcla en cuanto ese tipo llegue, ¿quieres?

Tim Melville sonrió, asintió con la cabeza y se alejó con pasos rápidos.

Mick Devine, viendo con aire ausente cómo se alejaba el muchacho y cavilando aún en las extravagancias de las mujeres viejas, rompió a reír.

– ¡Escuchadme! -exclamó-. Se me acaba de ocurrir algo. Después de la hora del almuerzo fijaros en lo que voy a hacer y tal vez le enseñemos a Tim algo sobre escupideras y esas cosas.

2

Mary Horton enrolló su largo y espeso pelo en el acostumbrado moño sobre la nuca, insertó en él dos broches más y miró su imagen en el espejo sin alegría ni tristeza; en realidad, sin mucho interés. El espejo era de buena calidad y le devolvió su imagen sin mejorarla ni distorsionarla; si sus ojos hubieran hecho una inspección más personal de ella misma habrían visto una mujer bajita, más bien robusta, de edad madura, con pelo blanco tan descolorido como el cristal, estirado cruelmente hacia atrás en un rostro cuadrado de rasgos bien proporcionados.



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