
Los zapatos estaban tan perfectamente lustrados que despedían destellos, y ni la más pequeña mancha afeaba la blanca superficie de la blusa; ni una sola arruga alteraba la perfección del traje sastre. El estar en todo momento impecable era una obsesión en Mary Horton; su joven asistenta de la oficina juraba que había visto a la señorita Horton quitarse la ropa cuidadosamente y poner las prendas en un gancho cuando iba al baño, para que no se arrugaran o se desarreglaran.
Satisfecha de que su apariencia estuviera a la altura de sus inflexibles normas, Mary Horton se encasquetó un sombrero negro de paja apoyándolo en el moño, lo sujetó con un alfiler en un solo movimiento, se puso sus guantes de cabritilla negra y trajo hacia el borde del tocador su enorme bolso de mano. Abrió el bolso y lo revisó metódicamente para ver si contenía las llaves, dinero, pañuelo, toallitas de papel, bolígrafo y libreta de anotaciones, diario de citas, tarjeta de crédito y de identificación, permiso de conducir, la tarjeta del aparcamiento, alfileres de gancho, la cajita con hilo y agujas, tijeras, lima de uñas, dos botones de repuesto para la blusa, destornillador, pinzas, cortadora de alambre, linterna de mano, cinta métrica en centímetros y pulgadas, la caja de cartuchos calibre 38 y el revólver reglamentario de la policía.
