Mary era una tiradora de primer orden. Una de sus tareas consistía en hacer depósitos y retirar fondos del Banco para la «Steel & Mining», y desde la ocasión en que limpiamente había alcanzado al atracador que echaba a correr con la paga de los empleados de la compañía bajo el brazo no había en Sydney un solo criminal con agallas suficientes como para atajar a la señorita Horton cuando venía del Banco. Había entregado el portafolios con un aire tan imperturbable, con tanto comedimiento y sin protesta, que el ladrón se había sentido perfectamente seguro; luego, cuando éste se dio vuelta para echar a correr, abrió su bolso de mano, sacó la pistola, apuntó y le disparó. El sargento Hopkins, de la galería de tiro de la policía, aseguraba que Mary Horton era más rápida para sacar el arma que el mejor de los cowboys.

Abandonada a sus propios recursos a la edad de catorce años, Mary había compartido un cuarto en la Asociación Cristiana de Jóvenes con otras cinco muchachas y había trabajado como vendedora de mostrador en la tienda de David Jones hasta terminar un curso nocturno para secretarias. A los quince años había comenzado a trabajar con el grupo de mecanógrafas de la «Constable Steel & Mining». Era tan pobre que había tenido que usar la misma falda y la misma blusa, escrupulosamente lavadas y planchadas todos los días, y remendaba sus medias de algodón hasta que en éstas había más remiendos que tela original.

Al cabo de cinco años, su eficiencia, su sobria compostura y su extraordinaria inteligencia habían hecho que la trasladaran de la oficina general para darle el puesto de secretaria particular de Archibald Johnson, el director administrativo, pero durante los primeros diez años que trabajó con la compañía había seguido viviendo en la Asociación, remendando sus medias una y otra vez y ahorrando mucho más de lo que gastaba.



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