Cuando cumplió veinticinco años le pidió a Archie Johnson consejo sobre cómo invertir sus ahorros y a los treinta, éstos se habían multiplicado muchas veces. Consecuentemente, a la edad de cuarenta y tres años era dueña de una casa en Artarmon -un tranquilo suburbio habitado por gente de clase media-, conducía un severo pero bastante costoso «Bentley» inglés con tapizado de cuero y tableros de nogal, poseía una cabaña en la playa, diez hectáreas de terreno, al norte de Sydney y mandaba hacer sus trajes al mismo modisto que confeccionaba los de la esposa del Gobernador General de Australia.

Mary estaba bastante satisfecha consigo misma y con su vida; gozaba de los pequeños lujos que sólo el dinero puede proporcionar, llevaba una vida apartada tanto en el trabajo como en su casa, no tenía más amigos que los cinco mil libros que ocupaban las paredes de su refugio y varios cientos de discos de larga duración, casi todos de música de Bach, Brahms, Beethoven y Händel. Le encantaba la jardinería y arreglar su casa; jamás veía televisión ni iba al cine y nunca había tenido novio ni había deseado tenerlo.

Cuando Mary Horton salió por la puerta del frente se detuvo unos momentos en la escalinata, frotándose los ojos para defenderse del intenso resplandor y revisó el estado del jardín del frente. El césped necesitaba urgentemente que lo recortaran; ¿dónde se habría metido el maldito jardinero a quien pagaba para que se lo cortara los miércoles cada quince días? Ya hacía más de un mes que no aparecía, y aquella alfombra verde y aterciopelada empezaba a llenarse de hierbas. Era algo de lo más exasperante, pensó, de lo más irritante.

En el aire había una curiosa vibración, mitad sonido, mitad sensación; algo así como una especie de ligero bum, bum, bum que llegaba hasta los huesos y le indicaba, como habitante experimentada que era de Sydney, que ese día sería muy caluroso, con la temperatura de casi cuarenta grados.



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