
Entonces se inició el duelo, la lucha que se repetía todas las mañanas y atardeceres de verano. Al llegar junto al primero de los arbustos, bellamente florecido, de éste surgió una especie de aullido tan increíblemente agudo que le golpeaba los oídos hasta aturdiría.
Abajo el bolso de mano y fuera los guantes; Mary Horton se dirigió con pasos rápidos a la manguera verde cuidadosamente enrollada, abrió la llave del agua y empezó a regar las adelfas. Poco a poco el sonido se fue apagando a medida que se empapaban los arbustos, hasta que sólo quedó un «¡briiik!», en bajo profundo, que partía del arbusto más cercano a la casa. Mary agitó un puño en esa dirección con un gesto de amenaza.
– ¡Ya te arreglaré, vieja escandalosa! -murmuró apretando los dientes.
– ¡Briiik! -contestó burlonamente el maestro de coro de las cigarras.
Poniéndose los guantes y levantando el bolso, Mary se dirigió al garaje, tranquila y en paz.
Desde allí podía verse el desorden de lo que había sido el hermoso bungalow de ladrillo rojo de su vecina la señora Parker. Mary contempló la devastación con aire de reproche mientras levantaba la puerta del garaje y echaba una mirada indolente en dirección de la acera.
Las veredas de la calle Walton eran muy agradables; consistían de un estrecho sendero de concreto y de un ancho tramo de césped, cuidadosamente recortado, entre el sendero y el borde de la vereda.
