A cada diez metros, en ambos lados de la calle, crecía una frondosa adelfa, una blanca y una rosada, una roja y otra rosada, y así sucesivamente en grupos de cuatro, que eran el orgullo de los residentes de la calle Walton y una de las razones principales por las que dicha calle generalmente ganaba el premio en el concurso anual que organizaba el diario Herald.

Un enorme camión cargado de cemento estaba estacionado con su hormigonera que al girar perezosamente, pegaba contra una de las adelfas de la vereda de Emily Parker, mientras por un canal caía sobre el césped el cemento gris y pegajoso. La mezcla goteaba de las pobres ramas petrificadas del arbusto, corriendo y formando charcos en las depresiones del césped hasta derramarse en el sendero pavimentado.

Los labios de Mary se apretaron en un gesto de disgusto. ¿Qué diantres se le había metido a Emily Parker en la cabeza para embadurnar los costados de ladrillo rojo de su casa con esa horrible substancia? Allí, reflexionó, no había buen gusto o, mejor dicho, no había gusto del todo.

Un joven, con la cabeza descubierta, estaba de pie, a pleno sol, mirando con indiferencia la profanación de la calle Walton; desde donde se encontraba, a unos seis metros de distancia, Mary Horton lo contemplaba atónita.

De haber vivido dos mil quinientos años antes, Fidias o Praxíteles lo hubieran empleado como modelo para los Apolos más hermosos de todos los tiempos; en lugar de estar ahí, con tan soberana falta de conciencia de sí mismo, en el remanso de una calle de Sydney, para después caer en el olvido de una mortalidad inevitable, habría vivido por siempre en las frías curvas satinadas de mármol pálido, y sus ojos de piedra hubieran mirado con indiferencia por sobre las cabezas asombradas de generaciones y generaciones.

Pero ahí estaba, en medio de un montón de cemento lodoso en la calle Walton.



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