
Anoche cené con Martín y Gloria, su supuesta novia, como yo le digo, ya que él, como tantos de sus pares, no está dispuesto a hacerse cargo de ella ni menos a comprometerse. Gloria resultó ser encantadora aunque lejana; parecía su hermana mayor más que su pareja. Tenía el pelo muy corto y estaba evidentemente bronceada por el sol ecuatoriano. Su elegante traje de dos piezas le aumentaba la edad y poco tenía que ver con la imagen que me había formado de ella.
Vergara es muy joven para encontrarle méritos a la fidelidad y Gloria no está preparada para amarrarse a nadie ni a nada. Se parecen, aunque para ella es el día, la jornada laboral, lo que la enciende y la provoca. Gloria estudia derecho y colabora con un bufete. Vergara, en cambio, está en esa edad en que noche es sinónimo de oscuridad, desgaste y perdición. Como si la caída del sol amnistiara las leyes imperantes y él no pudiera controlarse. Sus impulsos, como un virus mortal, se apoderan de él y lo depositan, borracho y duro, en callejones y laberintos, discothèques y moteles. El síndrome de las cinco de la mañana: no acostarse antes del amanecer; no beber sin emborracharse; no fumar si no es hasta terminar la segunda cajetilla.
– ¿Qué es de tu hijo, Alfonso? ¿A qué se dedica?
– Perdón, ¿de qué me hablas?
– De Benjamín, tu hijo.
– ¿Cómo sabes que tengo un hijo? ¿Quién te dio el nombre?
Gloria nos interrumpió, quizás porque notó lo tenso que me había puesto.
– Sale en tu libro -me dijo secamente-. El espíritu metropolitano está dedicado a él.
– ¿Sí? -dije haciéndome el desentendido.
– A mi hijo Benjamín. Ahora sólo me falta el árbol -recitó de memoria Martín.
– Es una bonita dedicatoria -agregó Gloria.
Martín Vergara exuda ambición por litros.
