Lo empapa y lo define. Posee algo que pocos tienen: esa casi irresponsable confianza de sentir que estás aprovechando tu talento. Es una gran sensación y te puede llevar a muchas partes. Intuir lo contrario te paraliza. Te mata. He visto a demasiadas personas deambular por la vida con la certidumbre de que sus dones se disiparon. La última vez que estuve con mi hijo Benjamín, en el aeropuerto de Raleigh, sentí exactamente eso en su mirada.

Benjamín vive en Durham, Carolina del Norte, con su madre, dos niños que son hijos de Frank -su padrastro-, y una niña pecosa de nombre Cordelia, hija de ambos. Benjamín cumplió veintitrés el pasado ocho de diciembre. No lo llamé ni le envié una tarjeta.

Yo alguna vez también tuve esa edad. Hace casi treinta años. Fue el verano en que ingresé a El Clamor, cuando don Saúl Faúndez se metió en mi vida y la tinta empezó a circular por mis venas. Veintitrés años y la convicción de que recién estaba partiendo. Todo se imprime a esa edad, dicen, la marca queda inscrita, el destino trazado.


A veces, cuando mi inconsciencia me juega una mala pasada, pienso en Benjamín y en su limitada capacidad de sobrevivencia. Me molesta que aún viva con su madre y Frank. Siento que no es correcto que Benjamín todavía no se haya independizado. Me preocupa que no sea capaz de arreglárselas por sí mismo. Comparándolo con Martín, me destruye su falta de iniciativa. Vergara no piensa en otra cosa que en abandonar su hogar. No sólo quiere irse de su casa, también desea fugarse del país. A Vergara la idea de crecer, de ser mayor, lo alucina. A Benjamín, creo, le da pavor.

Quizás no debería ni siquiera pensar esto, menos todavía escribirlo, pero tampoco me puedo engañar. Sé perfectamente lo que pienso y me duele con algún eco de vergüenza. Mi hijo no salió como quise y lo resiento. La promesa no se cumplió. Me hubiera gustado que Benjamín fuera más deportista, agresivo, capaz de vivir al aire libre y divertirse con una pelota y con los amigos que un balón trae consigo.



11 из 250