
Martín Vergara tiene la intolerable costumbre de andar siempre enchufado a su walkman, como si tuviera pánico del silencio y de sus propios recuerdos. Tampoco le falta dinero. Más bien le sobra. En este aspecto, poco tiene que ver con mis inicios. Lo mismo ocurre con su universidad. Si bien a ambos nos costó ingresar porque tropezamos con el arbitrario filtro que prueba la aptitud pero ciertamente no la vocación, el destino de Vergara se solucionó en una tarde. El mío demoró dos años y no poco dolor, pero los tiempos eran otros y, por mucho que intento anotar las semejanzas entre Martín y yo, lo honesto sería consignar que son muchas más las diferencias.
Estudiar en una universidad privada no es algo fácil para Vergara. Según Cecilia Méndez, la suspicaz, intensa y atractivamente separada directora de arte (que aún no me da el pase, por mucho que hayamos ido a varios festivales de teatro al aire libre o nos enfrasquemos en largas conversaciones telefónicas de trasnoche), la sola idea de que se sepa que asiste a un establecimiento privado y costoso, sin historia ni egresados, llena a Martín de una vergüenza agresiva.
Cecilia Méndez es el tipo de mujer con la que me gustaría pasar los domingos por la tarde. Y, por qué no, los sábados en la noche también. No me atrae particularmente que tenga una hija de casi tres años, pero, a esta edad, encontrar a una mujer atractiva, certera y mentalmente sana que no esté escapando de su marido implica necesariamente algún agregado extra. Con Cecilia tenemos todo en común menos la pasión que, eso espero, estamos aplazando para cuando ella deje de tenerme tanto miedo. Por mucho que le haya abierto mi intimidad, mi correo electrónico y mi línea telefónica, nuestra unión tiene, por el momento, esa intensa complicidad de las relaciones que recién están iniciándose.
