
Benjamín Fernández no es, ni en sus días buenos, Martín Vergara. Tengo muy procesado que compararlos es cruel e innecesario. Cada vez que tomo en cuenta a Vergara, que lo escucho o lo celebro, algo dentro de mí me hace sentir que estoy traicionando a uno de los míos. Mejor dicho: a la única persona en este planeta indisolublemente ligada a mí.
Benjamín siempre está a la defensiva y arrastra una soledad que me repele. Cuando habla conmigo, y habla mal porque el español ya no es su lengua, pareciera que no lo dijera todo. La conversación no es lo suyo y llega a ser gracioso cómo imprime mil significados a los pocos monosílabos que logran salir de su boca. Sus ojos sospechan y juzgan, y me incomoda cuando me mira; por eso tiendo a esquivar su mirada y a llenar sus silencios con anécdotas policiales. Decir que está confundido es desentenderme de él más de lo que estoy. Su eléctrica manera de reaccionar cuando lo toco me hace pensar que quizás mi mayor error fue dejarlo tan abandonado.
Verán, lo que más me disgusta de Benjamín no es que no sepa lo que quiere de la vida, que sea un vago y coquetee con las drogas y la inercia. Lo que me daña es que me recuerda violentamente a mí mismo en un período que prefiero olvidar. Un período largo que llegó a su fin, creo, ese verano en que fui arrojado al mundo real bajo la firme y a veces canallesca supervisión de don Saúl Faúndez.
Lo que acabo de admitir, lo sé, es horrible y, aunque parezca cómodo decirlo, poco tiene que ver con el hecho de si quiero a Benjamín o no. Tiene que ver, más bien, con cómo lo expreso. O lo evito. A veces creo que el hecho de que viva en otro país es una bendición. Así, ante los demás al menos, pareciera que no nos vemos porque los miles de kilómetros nos juegan una mala pasada. Lo cierto es que esos kilómetros interminables me han caído del cielo y me han permitido vivir con algo menos de culpa y bastante más libertad.
