Benjamín nació cuando yo tenía veintiocho, pero por motivos que no me interesa explorar siempre he sentido que estoy al menos cinco años atrasado en comparación con el resto de los mortales. Por eso no me avergonzaría sentenciar que Benjamín nació cuando yo tenía apenas veintitrés. Pero no es un asunto de edad. Pudo ser a los dieciocho, a los treinta, la semana pasada. Yo estaba envuelto en un caos, no entendía nada y lo estaba pasando genial. Benjamín llegó en el momento menos indicado. Una cosa es abrazar a un niñito en la clínica y jugar con sus pies, y otra muy distinta es escucharlo llorar toda la noche. Yo estaba recién partiendo, mis tropiezos periodísticos iban quedando atrás y el brillo de la inmortalidad, de la promesa literaria, de comprobar cómo, por decir lo que pensaba, me iba transformando no sólo en un observador sino en un observado, me alucinaba. Estaba ahogado en un estado de vértigo y ansias, y me encantaba.

Volver a casa, donde María Teresa y el niño, no era lo más seductor para un chico de veintitantos que deseaba seguir jugando, ver cuánto era capaz de estirar la cuerda. Por primera vez en mi vida tenía dinero, amigos nuevos, las mujeres me dejaban notas en los bolsillos, todos querían que estuviera cerca de ellos. En todas partes era acariciado, seducido, mimado. Después de una vida de inseguridad, por fin me sentía seguro.

¿Qué me molestaba de Benjamín? ¿Que por su culpa una novia agradable se transformara en mi esposa? ¿Que, sin estar preparado, me viera envuelto en un infierno que me remitía al de mi padre y mi madre? Sentía que María Teresa me había quitado la libertad justo el mes en que la descubrí por primera vez. Al regreso de nuestra tensa luna de miel en La Serena, El espíritu metropolitano salió a la calle. Mis planes no incluían tener un hijo. Ella insistió en casarse cuando supo que venía en camino. Lo que yo menos deseaba en la vida era un hijo para que después, tal como me lo dijo alguna vez el Camión, pensara de mí lo que yo pienso de mi padre.



13 из 250