
Sé que me arriesgo a quedar como un monstruo. Esa no es la idea ni tampoco la verdad. Las cosas son más complejas. Algunas cosas se me dieron como quise, otras simplemente cayeron sobre mí. Llegaba a mi casa con resaca y me daba cuenta de que era un poco tarde, que ya me había farreado mi instante. Estaba claro que la única relación real en esa casa arrendada era la que se había establecido entre María Teresa y Benjamín. Yo poco tenía que hacer ahí. Ellos tenían sus propios códigos y ritos, que yo no entendía. Trataba de acercarme a él, lo juro, pero Benjamín se alejaba. O yo me alejaba de él. Le tenía celos, creo, no entendía cómo podía estar tan cerca de ella, ni qué hacía ella para conectarse con él.
Cuando a María Teresa le ofrecieron ser agregada cultural en Montevideo, aceptó. A mí no sólo me pareció correcto sino liberador. Viajé un par de veces. En un principio con ganas, después por compromiso. Pero cuando luego se trasladó a Nueva York, a un puesto equivalente pero ante las Naciones Unidas, ya todo estaba deshecho. Frank, el profesor de literatura latinoamericana de Duke que nunca me ha incluido en sus estudios, no se demoró mucho en entrar a escena.
Cuando digo que a esa edad uno sabe mucho pero no tiene las armas para hacer algo al respecto, no estoy más que intentando exponer mi caso.
Verán, cuando tenía veintitrés y estaba en El Clamor, pasaron muchas cosas, pero una de ellas fue enterarme de que mi padre, un ser al que había visto poquísimas veces, era un delincuente. Y me acuerdo de que me prometí, con el ímpetu que uno tiene a esa edad, que si alguna vez tenía un hijo, jamás cometería los mismos errores que ese hijo de puta. Pero los cometí. Era joven, ése fue mi error. Cómo iba a saber lo que me esperaba. ¿Alguien lo sabe, acaso?
Está amaneciendo, la cabeza me late, no hay caso de que mi estómago se quede quieto y pese al cansancio que me abruma no puedo dormir. Tengo la ventana abierta. Algo me dice que llevo encerrado demasiado tiempo y necesito aire más puro.
