Anoche, es decir unas horas atrás, hubo una fiesta para celebrar el cumpleaños número veinticuatro de Martín. Como era sábado, durante toda la tarde no hice otra cosa que releer El espíritu metropolitano e intentar, en vano, escribir aunque fuera una carilla de Recursos humanos. Terminé tomando más J &B de lo que acostumbro y corregí, con rabia y un grueso lápiz rojo, el segundo relato escrito por Vergara que él mismo me había pasado para que leyera. El primero me había parecido francamente cómico, al día, muy de suplemento juvenil, ágil, original y totalmente suyo.

Pero ayer tuve la mala idea de sumergirme en el segundo de sus relatos, tan largo que Martín me lo entregó anillado. Comencé a leer buscando las vueltas de tuerca y los dobles sentidos, y me topé con algo de un nivel de profundidad y emoción como no había leído en mucho tiempo. A las cuatro líneas me di cuenta de que era superior a todo lo que yo había escrito. Su simplicidad era asombrosa; me costaba continuar leyendo porque se notaba cercano, personal.

Cuando terminé el cuento, ya casi no había luz en la pieza y me costó levantarme del sofá. No me quedaba claro cuántas horas habían transcurrido; sólo sabía cuatro cosas en esta vida: Vergara escribía como los dioses, estaba solo, había conocido el dolor de verdad y el maldito se estaba acostando con Cecilia Méndez. Estas cuatro revelaciones me aplastaron; la última fue la que me acongojó más, porque me tomó de improviso. Y me rajó más de cerca.

Después de tragarme el resto del J &B, partí rumbo a la celebración que, por cierto, era en el departamento de Cecilia. Toqué el timbre. Abrió Vergara con su sonrisa de siempre. Me contuve para no volarle su dentadura tan perfecta. Intentó abrazarme pero no lo dejé. Martín lo notó. También notó la ausencia del regalo, la edición española, en tapa dura, de El espíritu metropolitano, que olvidé a propósito en el asiento trasero.



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