El pequeño departamento estaba repleto de gente de mi edad, todos ligados a la revista. Olí un aroma a fracaso y a decrepitud inminente: se parecía demasiado al que yo mismo desprendía. La mayoría de las asistentes eran mujeres solas que se comportaban como si se tratara de una reunión de fans-club de algún cantante de baladas en español que secretamente las excita. No estaba Gloria, ni nadie de su edad.

– Oye, Martín, ¿por qué andas siempre solo? ¿No tienes amigos, acaso?

– Están veraneando -me dijo tomándose un vodka al seco.

– ¿Y tus padres? ¿No tienes padres, familiares, abuelos? Esto no me parece normal. Celebrarte con puros desconocidos.

– Ustedes son mis amigos.

– Qué te espera a los sesenta, pendejo huevón. Esto es un poquito patético, ¿no te parece? Pareces un cachorro abandonado.

Martín tuvo el buen gusto de quedarse callado y dejarme solo con el Ballantine's, el hielo y mi mala leche.

Cecilia estaba en la cocina, poniendo las velas en la torta. Martín también estaba ahí, tomando. Los miré por la ranura de la puerta. Ella le tomó la mano. No me pude contener. Entré. Justo se estaban besando.

– Oye, Cecilia, tengo un hijo de veinte años, te lo podrías tirar también. ¿Te interesa? Por lo menos quedaría en familia.

– Alfonso, no es lo que… -me interrumpió Cecilia.

– ¿No es lo que yo creo? -le grité-. ¿Me crees huevón? Mira, esto me pasa por no partir metiéndotelo la primera vez que salimos. Faúndez decía que las únicas relaciones decentes empiezan en la cama.

Cecilia contuvo el llanto. Martín la abrazó.

– Ella no quería herirte -me dijo él.

– Qué sabes tú de dolor, imbécil -agarré a Martín y lo aparté de un empujón contra el refrigerador. Intenté estrangular a Cecilia, pero Vergara me tiró lejos. Caí al suelo.

Cecilia lanzó la torta al lavaplatos y se fue llorando a su pieza ante la mirada atónita de los invitados. Yo bebí lo que quedaba en la botella y seguí en el suelo un rato, incapaz de levantarme, tendido sobre los restos del alcohol.



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