No estoy de acuerdo con Martín. La verdad es que nunca he sido el que él cree que soy, ni menos el que a mí me gustaría ser. Mi actual estado es, según el día, de parálisis total o entumecimiento severo. En un principio me pareció inconcebible e intolerable. Pero la mediocridad es más sutil de lo que uno cree y a veces te abraza con el manto de la seguridad. Uno se acostumbra y sigue adelante. La vida creativa puede ser activa e intensa, pero carece de la estabilidad del pantano. Uno, al final, puede vivir de lo más bien sin estímulos. El hombre es un animal de costumbres y yo me acostumbré.


Hace tres noches, en un bar con mesas al aire libre, Vergara me confesó que si no lograba transformarse en escritor antes de los treinta, cambiaría su meta por la de ser un editor top.

– Si no te armas profesionalmente, Alfonso, todo se viene abajo. Es como una casa con malos cimientos. Tu mina te tiene que admirar. Si no sientes orgullo y entusiasmo por lo que haces, terminas sin hacer nada. Te paralizas y todo el resto te da lo mismo. De qué te sirve tirar todas las noches, tener feroz billete, aparecer en los diarios, si no eres capaz de mirarte al espejo y sentirte bien. A cargo. ¿Me explico?

Se explica. Perfectamente.

Martín adolece de muchas cosas, pero posee el don de intuir lo que no sabe. Es certero y tiene olfato; creo que será un gran periodista.

Yo, una vez, como tantos otros que se han sentido desplazados o no tomados en cuenta, intenté primero poner las cosas por escrito. Pensé que me podrían querer más si en vez de vivir las cosas, las escribía. Fue un error, pero a esa edad me parecía la mejor idea y abracé la causa con sangre. Por un tiempo breve las palabras brotaron y lo inundaron todo. Comencé a ganar concursos de cuentos como quien programa estaciones en la radio del auto. Antes de saber qué hacía exactamente un editor, varios de ellos me llamaron a mi casa y me invitaron a almorzar a restoranes ubicados en calles por las que yo nunca había caminado. Me ofrecieron drogas, consejos, amigas, adelantos, corbatas y casas en la playa para refugiarme y escribir. Lo fui aceptando todo por orden de llegada, y antes de que mi primer libro apareciera en la portada del suplemento literario de El Universo, ya era una estrella, un enfant terrible hecho a medida, el alma de las fiestas, los lanzamientos y las páginas de vida social.



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