En menos de un año mi mirada provinciana y clasemediera se diluyó en la enrarecida atmósfera a la que tanto había aspirado a ingresar y en la que tan poco trabajo me costó hacerlo. Mi lenguaje, mis costumbres y mis ingresos mutaron con asombrosa facilidad. No fue difícil; durante toda mi corta vida no había hecho otra cosa que practicar. El gran ventanal que me separaba de los capitalinos ya estaba grasoso y lleno de vaho de tanto pasarme, por años y años, apoyado en él, observando cada detalle y movimiento, convencido de que algún día se vendría abajo y yo simplemente daría un paso para entrar a esa gran fiesta a la que nunca me habían invitado porque tuve la mala suerte de nacer donde nací.

Llegar a Santiago lo dividió todo en dos, antes y después, el comienzo y el fin. No venía de muy lejos, es cierto, Quilpué primero, Viña del Mar después, pero aquí en Santiago se hallaba todo lo que yo buscaba. Desde muy joven me había embriagado estudiando los mapas, aprendiéndome de memoria las estaciones del Metro, entendiendo las sutiles diferencias entre La Reina y Peñalolén. Cruzar la frontera me parecía imposible; transformarme en capitalino, también. Dos horas en bus suman muchos kilómetros cuando se tiene la certeza de que todo lo que a uno le interesa no sólo está en otra ciudad, sino en otro universo. Leía los diarios y las revistas de Santiago y subrayaba los giros, los locales nocturnos, las claves y los códigos que me permitirían cruzar esa puerta prohibida.

Instalarme en el departamento de mi abuela e ingresar a la universidad fue fundamental. Pero al poco tiempo me di cuenta de que era más doloroso estar en la capital, a metros de las editoriales y los diarios y las librerías y los cafés, y no tener acceso a ellos, que vegetar en mi apacible ciudad balneario. Ni económica ni socialmente me hallaba cerca de mis objetivos. Entendí que sólo vía mi sangre, mi tinta, tendría alguna oportunidad.



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