Caer en esa escuela aclanada y promiscua, donde la única obsesión era la política y la venganza, no fue el mejor comienzo. La desesperación en que me sumergí me impulsó a continuar adelante. Me aislé, recurrí a la concentración, abracé las ficciones y tracé mi camino. Mi meta era El Universo. Estar ahí, ser parte, sentir el poder y regocijarme en él. Mi otro plan era más un sueño, menos probable pero infinitamente más seductor: antes de ser muy viejo, algún libro mío iba a estar expuesto en las vitrinas de las librerías de mármol y acero iluminadas por dentro.

Un error burocrático que sigo sin entender cambió mi carrera. La secretaria de la dirección de la escuela archivó mal mi postulación y terminé haciendo mi práctica en El Clamor, un tabloide de prensa amarilla que siempre desprecié porque era el diario que devoraba mi familia.

Pero quizás me estoy extendiendo demasiado. Tal como el gerente del banco, que tuvo que trepar mucho para llegar hasta donde llegó, también yo invertí años y años como allegado en un mundo que ignoraba mi existencia, y logré lo que kilómetros de columnas en un diario jamás podrían conquistar. Escribí un libro. Más importante aun, lo publicaron. Alfonso Fernández Ferrer de pronto apareció en el mapa.

Mi primer y único libró fue un conjunto de cuentos interrelacionados que se lanzó al mercado con el advenedizo e irritante título de El espíritu metropolitano. Tal como esperaba mi editor, fue recibido con el mismo entusiasmo e hipocresía con que un afuerino es acogido en un exclusivo club que sabe que no puede seguir prohibiendo el ingreso de nuevos miembros por pánico a quedarse sin socios.



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