Obtuve la bendición, vendí bastante y, luego de que El Universo tuviera la gentileza de hacerme entrar al panteón, los restantes críticos me trataron como la gran esperanza blanca, recurrieron a ostentosos adjetivos y cayeron en la trampa. Dijeron que mi voz era «esencialmente capitalina y moderna», y fueron incapaces de advertir que lo único que tuve a mi favor fue un buen diccionario de sinónimos y antónimos. Me amaron, pero nunca entendieron por qué. Yo tampoco. A la hora de los premios, nadie se atrevió a contradecir a la mayoría; para ser un libro compuesto por ocho cuentecillos y doscientas dieciséis páginas, vaya que acumuló dinero y distinciones. Lo curioso es que, más allá de lo que se decía en la prensa, yo no estaba muy de acuerdo con la fanfarria. El libro, mal que mal, fue escrito con más estimulantes que corazón. En Chile, por suerte, llegar arriba no cuesta mucho si uno es capaz de tocar las fibras adecuadas. Bajar tampoco.

Mi carrera, no mi vida, comenzó a dar frutos. Mis editores lograron dos o tres traducciones en editoriales menores de países con alto índice de chilenos exiliados. Y, aprovechando que la prensa publicaba cada frase que se me ocurría pronunciar, anuncié con bombo mi primera novela, que bauticé como Recursos humanos; para demostrar que no estaba mintiendo, adelanté un primer (y único) capítulo en una revista universitaria que no tenía circulación pero sí suficiente pedigree. Lo encontraron genial.

Pero Recursos humanos se estancó muy pronto, porque yo carecía de experiencias para seguir desarrollando mi saga familiar: poco y nada sabía de mi padre, era incapaz de retratar bien a mi madre y el personaje central, que era yo mismo, me resultaba un perfecto desconocido. Por mucho que me levantara temprano, me aislara y tomara litros de café, la novela se transformó en un callejón sin salida.

Encaucé entonces mis esfuerzos en mantener la pluma firme, la tinta líquida, mi nombre en circulación y las cuentas al día.



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