
Mi carrera, no mi vida, comenzó a dar frutos. Mis editores lograron dos o tres traducciones en editoriales menores de países con alto índice de chilenos exiliados. Y, aprovechando que la prensa publicaba cada frase que se me ocurría pronunciar, anuncié con bombo mi primera novela, que bauticé como Recursos humanos; para demostrar que no estaba mintiendo, adelanté un primer (y único) capítulo en una revista universitaria que no tenía circulación pero sí suficiente pedigree. Lo encontraron genial.
Pero Recursos humanos se estancó muy pronto, porque yo carecía de experiencias para seguir desarrollando mi saga familiar: poco y nada sabía de mi padre, era incapaz de retratar bien a mi madre y el personaje central, que era yo mismo, me resultaba un perfecto desconocido. Por mucho que me levantara temprano, me aislara y tomara litros de café, la novela se transformó en un callejón sin salida.
Encaucé entonces mis esfuerzos en mantener la pluma firme, la tinta líquida, mi nombre en circulación y las cuentas al día.
