
Seguí escribiendo más columnas con seudónimos, dando charlas en institutos y asesorías publicitarias. A medida que fue pasando el tiempo y el espíritu metropolitano se fue enfriando, comencé a desesperarme: escribía artículos periodísticos sobre cultura, comentaba con gracia y acidez los restoranes de moda, y reseñaba novelas que no leía. Acepté lo que me ofrecieron. Guiones de documentales, memorias de banco, discursos para políticos, biografías por encargo de empresarios y deportistas donde hacía de autor fantasma, dos o tres talleres llenos de señoras con dinero de sobra. Terminé de jurado en decenas de concursos y seguí al Presidente en embajadas culturales ambulantes por el Medio Oriente y el Pacífico Sur, antes de anexarme un nicho en una revista del corazón para aspirantes a intelectuales: durante trece meses entrevisté a cincuenta actrices de telenovelas, las mismas que luego formarían parte del extenso e insoportable elenco de Región Metropolitana, ese mamotreto de más de tres mil seiscientas carillas que me llenó de dinero (dos departamentos, acciones, una casa nerudiana a orillas del mar) y ofertas, pero me dejó más vacío que un actor que termina una obra y no encuentra el aplauso.
Martín me ha dicho que todo aquello que uno entrega, no lo recupera. Algo así. Él insiste en comparar la literatura con el agua. Dice que uno tiene acumulada dentro del cuerpo una limitada cantidad de litros y que cada vez que la usa, sea para bien o para mal, caen gotas. Una novela puede gastar unos cuatrocientos centímetros cúbicos. Un cuento, treinta. Una columna, quince. Y vamos sumando. Vergara piensa que por escribir tanto me quedé sin nada que decir. Desperdicié mis litros. Terminé vaciado. Seco.
Martín Vergara usa el pelo tan corto que cuando recién lo conocí pensé que se trataba de un lanza rapado en los sótanos de la calle General Mackenna. Su porte y su prestancia obligan a pensar que se alimentó con cereales y leche e hizo mucho deporte. Por mucho que intente disfrazarlo, sus viejas poleras de rugbista lo remiten a colegios británicos, y durante las reuniones de pauta sus menciones a capitales lejanas delatan que, más que ser un experto en geografía, ha recorrido en persona buena parte del globo.