
Cuando Andy se fue a la cama, ella se encontró dando vueltas por las habitaciones, dejando que el silencio, la soledad y la sensación de estar de nuevo en casa la invadieran. No había cambiado casi nada. El carillón del vestíbulo seguía atrasando cuatro minutos. El cuarto escalón de la escalera seguía crujiendo. La leonera seguía atestada de periódicos, libros a medio leer y mantas de estambre.
Cuarenta y ocho horas antes, el instinto de volver a casa había sido fuerte, rápido e imparable. La llegada del decreto de divorcio había sido el catalizador. Un extraño podría pensar que era irracional, puesto que el matrimonio había terminado un año antes de que el sistema legal así lo reconociera. Un extraño habría considerado irracional también que hiciera el equipaje, cerrara con llave su apartamento de Milwaukee y se fuera de vacaciones sin avisar en el trabajo seguro y agradable que había tenido durante más de cinco años.
Había sentido la desesperada necesidad de volver a casa inmediatamente. No podía esperar. Le daba igual que el mundo entero considerara irracionales sus acciones. Liz sabía que volver a casa era la mejor decisión que había tomado en diez años.
Se detuvo delante de la ventana panorámica del cuarto de estar. Podía ver el vecindario en el que había crecido, los patios con árboles.; los columpios de los niños y los porches en donde la gente se sentaba durante las noches de verano.
Era curioso, pero Ravensport tenía un olor característico. Olía a familia, a algo perdurable, a personas a las que encantaba cotillear y escandalizarse de la subida de la gasolina, pero para quienes los problemas de Oriente Medio quedaban muy lejanos. Allí lo importante era tener para comer, permitirse un coche nuevo, y el corrector dental de los niños. Ravensport olía a la vida real.
Cuando el reloj del pasillo dio las doce, Liz seguía dando vueltas, tocando cosas. Los recuerdos de sus años de crecimiento llenaban todas las habitaciones. Era tranquilizador. Pero no había vuelto a casa porque creyera que iba a resultar fácil.
