– Qué más da lo que piense Clay.

El microondas emitió un zumbido. Los dos filetes estaban pidiendo a gritos un buen aderezo.

– Escucha, hermano, como te dije por teléfono, estoy considerando la posibilidad de mudarme aquí. Pero no significa que tenga que ser exactamente a esta casa. Quiero que seas sincero conmigo porque si me interpongo en tus planes…

– No seas más idiota de lo que ya eres, ¿quieres? Que yo sepa, esta casa es tan tuya como mía.

– Tienes treinta y un años y llevas mucho tiempo viviendo solo. Quizás haya alguien en tu vida.

– Miles de mujeres aporrean mi puerta todas las noches -admitió Andy irónicamente-Pero aun así, creo que podemos llegar a un acuerdo. A ver si te metes en la cabeza que eres bienvenida, ¿quieres, hermanita? Aunque si eso te preocupa, podrías encargarte de la cocina y de la lavandería y de…

– ¿Has dicho que querías tu filete carbonizado?

– ¡Eh! Estaba bromeando. ¿Estás mal de dinero?

– No. ¿Y tú?

– Siempre -empujó los papeles a un lado de la mesa-. Ese asunto del divorcio, ¿está acabando ya?

– Firmado y sellado. Hace dos días.

El tono alegre de Liz habría ganado un premio de interpretación.

– ¡Maldita sea!

– ¿Qué pasa?

– Me había olvidado que Michigan juega con Notre Dame esta tarde. Me he perdido los dos primeros cuartos.

– ¡Oh, no! -Liz se dio una palmada en la frente-. El mundo ha llegado a su fin. La vida ha terminado. El día está echado a perder. ¿Cómo sobreviviremos?

– Por motivos que no puedo imaginar -dijo Andy desde la puerta-, te he echado de menos.

Liz también le había echado de menos. Con nadie más estaba tan cómoda como con su hermano. Fue como si no hubieran pasado diez años: pasaron la cena hablando, luego pelearon por ver quién fregaba y después se instalaron en sofás opuestos para ver la película del sábado por la noche.



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