
La última vez que había vivido allí tenía diecisiete años. Era. ingenua, testaruda, segura de sí misma y estaba terriblemente enfurecida por dentro. Andy había sido su guardián durante su último curso en el instituto. Después de su divorcio, sus padres habían dado por sentado que ella viviría con uno de ellos. Los dos se habían equivocado por completo y nadie se había molestado en aligerar el polvorín emocional de la adolescente en la que se había transformado repentinamente.
Excepto Clay Stewart, claro.
Liz casi sonrió al surgir en su cabeza antiguos recuerdos.
Todavía podía ver el largo brazo de Clay impidiéndole salir del cuarto de baño que había junto a la cocina. «Si crees que vas a salir con ese tío cursi de vaqueros ceñidos, estás equivocada».
Recordó otra escena en el comedor. Ella llevaba sus mejores galas para el baile de graduación; contrastaban con los vaqueros raídos y la camisa deshilachada de él.
– Clay, toda la clase va a estar allí.
– Entonces, toda la clase puede acompañarte de vuelta a casa -le había dicho él.
Y, después del divorcio de sus padres, se recordaba sentada en el porche con él. En realidad, no había estado sentada. Estaba tumbada de espaldas, en pantalones cortos, los pies descalzos apoyados en la barandilla del porche. Las luciérnagas revoloteaban en la noche de verano. Él no había interrumpido su muy maduro monólogo sobre lo estúpido que era el matrimonio, lo estúpido que era el amor y que, por lo que decían las demás chicas, deducía que el sexo tampoco valía la pena. Él no había dicho nada hasta que ella hubo acabado y luego la había estrechado entre sus brazos y había murmurado:
– Lo creas o no, algún día perdonarás a tus padres. También dejarás de sentir que es culpa tuya. No puedes hacer nada, Liz. Si quieres estar furiosa, adelante. Yo estoy aquí contigo.
