A los diecisiete años, Liz había estado tan enamorada de Clay que no podía pensar con claridad. Él siempre estaba allí cuando necesitaba a alguien. Siempre comprendía. Superficialmente, Clay Stewart era el último hombre de la tierra digno de confianza, a pesar de ser amigo de su hermano desde hacía mucho tiempo. Nadie en Ravensport se había metido en más problemas que él. Su madre bebía y nadie sabía quién era su padre. Le habían detenido dos veces por conducción temeraria. Cuando la hija del alcalde se quedó embarazada, acusó a Clay y se armó un buen escándalo cuando él se negó a casarse con ella. Siempre estaba metido en líos.

Liz sabía todo aquello, pero no le importaba. Desde niño, Clay había usado una chaqueta de cuero, había andado con gesto fanfarrón y un brillo peligrosamente sexy en los ojos. Todo el pueblo pensaba que era arrogante, agresivo y pendenciero. Ella le veía como un hombre solitario que necesitaba desesperadamente alguien que le entendiera y creyera en él.

El reloj del vestíbulo dio las dos. Liz subió las escaleras para acostarse cuando de pronto recordó que la noche anterior había intentado seducir a Clay Stewart por segunda vez en su vida. Y había fracasado por segunda vez.

Se desnudó a oscuras y se metió entre las frías sábanas blancas. Clay la había rechazado con la delicadeza de un ladrillo la primera vez. Le había dicho que le pegaría un tiro si alguna vez la veía unida a un perdedor como él.

No se había unido a un perdedor. Había ido a la universidad y se había unido a David. La rabia y la rebeldía que la habían poseído durante el último curso de secundaria habían desaparecido. No era rebelde por naturaleza. Había reanudado las relaciones con sus padres, había madurado y se había licenciado. Al casarse con David, no había considerado la posibilidad de que su matrimonio acabara en divorcio.

Pero se había divorciado. Su matrimonio había sido un fracaso.



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