A través de la ventana podía ver las nubes grises que cubrían la luna. Las hojas rozaban el cristal movidas por el viento. El sueño se negaba a aparecer. No había vuelto a casa por Clay No había vuelto por ningún hombre. Ya no sentía nada por David, pero la desesperación la había abrumado durante más de un año. Le parecía que jamás volvería a confiar en sí misma como mujer. De adolescente había sido alocada, impulsiva, cabezota y estaba furiosa por lo ocurrido con sus padres. Se había construido cuidadosamente una existencia para asegurarse de que no volviera a pasarle. En la vida real, si se quiere estar seguro, hay que arrinconar las emociones y Liz había buscado una profesión segura Y un hombre seguro. Había tardado diez años en descubrir que en su interior se escondía una Liz Brady distinta. Había vuelto a casa para encontrarse con ella.

En su mente se mezclaban imágenes de la noche anterior y de Clay Stewart. Sentía vergüenza, culpabilidad, horror. Pero no eran los únicos sentimientos. Clay se había equivocado gravemente la noche anterior. No al echar alcohol en sus limonadas, sino al cruzarse en el camino de una mujer en busca de su verdad. Clay formaba parte de una época de su vida en que había considerado como cosas naturales los sentimientos, el amor y la confianza. La antigua Liz, después de lanzarse contra él como un mercancías, habría sentido la tentación de esconder la cabeza en la arena y rehuirle cuidadosamente durante el resto de su vida. El orgullo siempre había sido muy importante para ella, mucho más importante que la sinceridad. La nueva Liz no había regresado a casa para esconderse, sino para afrontar la realidad. Tenía que enfrentarse a Clay otra vez.

Capítulo Dos

La lluvia golpeaba en las ventanas cuando Clay se levantó y dejó las gafas de leer sobre el atestado escritorio. El brillo de los faros de los coches iluminaba la sombría noche. La lluvia siempre suponía negocio para su motel y, a juzgar por el aparcamiento lleno, los ingresos de la noche iban a ser excelentes.



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