
El escritorio de teca era demasiado elegante para un hombre que vestía vaqueros viejos y una rozada camisa blanca. Tanto el escritorio como el papeleo hacían que se sintiera como un fraude, como un falso triunfador. Se veía a sí mismo como un jugador de póquer que va perdiendo y sigue jugando con la esperanza de ganar a sus oponentes gracias a un farol.
Se pasó una mano por el pelo en un gesto de impaciencia e identificó su estado de ánimo como avinagrado, el mismo desde hacía cinco días. Una buena pelea a puñetazos habría eliminado parte del exceso de energía, o conducir un Maserati a ciento cincuenta por hora, o una buena borrachera.
También habría sido de ayuda si Liz Brady no hubiera vuelto al pueblo. Y, sobre todo, si él no la hubiera tocado.
Lo que necesitaba realmente era pelearse con un tigre. Pero no había muchos en Ravensport, Wisconsin. Atravesó la moqueta de color gris oscuro hasta la habitación de su hijo y abrió la puerta silenciosamente. Su malhumor se transformó inmediatamente en una mezcla de diversión e impotencia.
Las dos habitaciones particulares de Clay estaban dominadas por los tonos grises y cremas y el aire austero. La falta de chucherías hablaba de la negativa de un hombre a depender de las cosas. Podía haber liado el petate en cuestión de horas.
Para mover todo lo que abarrotaba el cuarto de Spencer se requeriría un camión. Acuarios de doce litros se disputaban el espacio con los libros de texto. Los peluches se habían reproducido milagrosamente en un rincón a lo largo de los años. Las naves Lego llenaban el armario, y la estantería que ocupaba toda la pared estaba llena de colecciones de libros, monedas, trocitos de vidrio. Spencer jamás tiraba nada.
A las ocho y medioa debía estar durmiendo. La habitación estaba a oscuras, pero no lo suficiente para que Clay no pudiera ver el bulto bajo las ropas de cama. El acusador resplandor que se filtraba por las mantas hablaba por sí solo.
