
Clay sintió una oleada de amor más potente que cualquier sentimiento que hubiera conocido nunca. Tuvo que hacer un esfuerzo para hablar severamente.
– Te dije que apagaras la luz hace media hora.
Dos capas de mantas se retiraron para dejar ver una carita pecosa con un mechón de pelo castaño y los ojos castaños iluminados por la linterna.
– Papá, te lo he dicho un millón de veces. Nadie puede dejar de leer la Enciclopedia Brown en mitad de un capítulo. Ya sabes lo que pasa.
– ¿Quieres saber lo que va a pasar si vuelvo a pillarte leyendo con una linterna? ¿Cuántas veces tengo que decirte que te vas a destrozar la vista?
Clay se acercó y empezó a recolocar las mantas y sábanas.
– Voy a ir al local un rato. Cameron estará en la habitación contigua y tienes el timbre si me necesitas.
– Ya no necesito el timbre. ¡Demonios! ¡Tengo ocho años!
– No vas a cumplir nueve si no dejas de maldecir.
La amenaza, como todas las de Clay, nunca provocaba en su hijo más que una sonrisa.
– Claro, papá.
Clay consideró la posibilidad de darle el azote que se merecía sin la menor duda; en cambio, se inclinó a acariciar la mejilla de su hijo. Los deditos de Spence le rodearon el cuello en un abrazo y toda idea de disciplina se esfumó. Su hijo olía a leche caliente, pasta de dientes y lápices. Le encantaban aquellos olores.
– Ahora, a dormir -gruñó.
Segundos después, cerraba la puerta del dormitorio y contaba mentalmente hasta diez.
– ¡Apaga la luz! -gritó a través de la puerta.
– ¡Caracoles, papá! ¡Sólo me faltan dos párrafos!
– Ahora mismo, Spencer.
Muy pronto iba a tener que imponer su autoridad paterna.
– Está bien, está bien.
Al entrar en el pasillo del motel, el estado de ánimo sombrío volvió a rondarle como una mosca a un sabueso. No era un buen padre para Spencer.
