Durante toda su vida se había especializado en cometer errores. La madre de Spencer había sido uno de los peores errores de Clay. Mary había sido una tentadora morena que había aparecido por allí varias veces en busca de un amorío fugaz. No era muy diferente de las demás mujeres que entraban y salían de su vida, pero Mary había mentido al decirle que no se preocupara, que estaba prevenida. También le había dicho que se fuera al infierno cuando él le propuso matrimonio.

Se puso furioso cuando ella se mató en un accidente de tráfico, no por Mary, sino porque las autoridades locales internaron a su hijo en un hospicio. Había descubierto con rapidez que un padre soltero no tenía derechos legales. Su hijo había estado en aquel lugar durante dos años. En aquellos dos años, Clay había reunido a duras penas el pago inicial del motel. En aquella época, el local tenía una pésima reputación: mala instalación eléctrica, mala comida y nada de preguntas al inscribirse. La decoración del vestíbulo se limitaba a unos sofás de plástico roto y un empleado impresentable.

Ahora, el aspecto del iluminado vestíbulo hablaba de éxito. En la chimenea del rincón ardía un buen fuego, las plantas destacaban las paredes forradas de roble y los cansados y mojados viajeros estaban reponiendo fuerzas en los cómodos tresillos. Clay habló con Cameron y luego con Susie en el mostrador de recepción antes de atravesar la cocina y el restaurante para trasladar su malhumor al bar.

La iluminación tenue y las mesas discretas solían ser un calmante eficaz para su malhumor. Si aquello fallaba, podía contar con Char para que le subiera la tensión, si no el ánimo. Aunque ella estaba tras el piano, Clay pudo ver que llevaba su atuendo habitual, lo bastante exótico y escotado para cruzar los límites legales de la decencia. Su guiño sensual no hizo efecto esa noche.

Se colocó tras el mostrador y sirvió una cerveza a un cliente. En el otro extremo, George estaba sacando brillo a los vasos. A pesar de su metro ochenta y su enorme corpulencia, George debía escuchar más confidencias todas las noches que un psiquiatra en ejercicio. George dirigió a su jefe una mirada sagaz y luego señaló las mesas llenas.



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