– Tranquilo como una tumba.

– Ya lo veo.

Clay echó un vistazo al local en busca de un borracho potencial o un posible pendenciero. Debido a que el bar llevaba su nombre, la gente del pueblo daba por supuesto que era un local especializado en líos. Incluso después de todos aquellos años, Ravensport seguía esperando lo peor de él. Normalmente, a Clay le hacía gracia ganar dinero debido a su mala fama, sobre todo porque la mayor atracción del local era el escote de Char.

Esa noche Clay habría agradecido un poco de acción.

– ¿Spencer te ha puesto nervioso? -le preguntó George.

– Spencer siempre me pone nervioso. Ese chico me da miedo. ¿Cómo es posible que un hombre que apenas terminó la secundaria tenga un hijo obsesionado por los libros?

– Ya -George soltó el trapo-. ¿Eso es lo que te ha estado fastidiando toda la semana?

– No me fastidia nada que no se pueda curar con un buen puñetazo en la barbilla -dijo Clay irónicamente.

– ¿Estás buscando voluntarios?

– Supongo que serías el primero de la cola. No hace falta que me digas que he estado más intratable que un oso.

– Te he visto peor. ¿Has probado con aceite de ricino?

Clay respondió con el gesto adecuado y George rió entre dientes. Clay estaba a punto de marcharse cuando vio a la mujer de la entrada.

El bonito pelo plateado flotaba sobre sus hombros. La lluvia brillaba en él. Llevaba pantalones azules y un suéter amplio a juego que resaltaba su esbelta figura. El toque rosa de sus labios era todo su maquillaje. Los discretos tonos pastel acentuaban la implícita etiqueta de «dama». Sólo con verla el estómago de Clay se puso tenso.



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