Un deseo tan intenso y rápido como las malas noticias le poseyó. En sólo tres segundos pudo ponerle nombre a la desazón que había provocado su pésimo estado de ánimo durante los últimos cinco días. Liz se había detenido en la entrada. Su mirada se deslizó por la barra y pasó de largo sobre Clay. Clay contuvo una sonrisa cuando ella se acercó a la barra y ocupó un taburete justamente ante él. Pero no le miró. Fue como si no le viera. Miró directamente a George hasta que éste se acercó con un paño en el antebrazo.

– ¿Qué va a ser, señorita?

– Una limonada cargada, por favor -pidió recatadamente.

Clay contuvo una carcajada. George le miró de reojo.

– ¿Perdón?

– Si usted no está familiarizado con esa bebida, seguramente ese demonio que tiene al lado, sí -extendió la delgada mano sobre la barra-. Soy Liz Brady. No nos conocemos, pero nací y crecí en este pueblo. Este local era un antro. ¡Ha hecho usted un trabajo fantástico!

– Así es -admitió George imperturbable. Su apretón de manos le identificó inmediatamente como un conspirador. Luego, apoyó los codos en el mostrador-. Gracias por el cumplido. Invita la casa, pero tendrá que decirme qué lleva una limonada cargada.

– Yo me ocuparé de la dama, George.

Liz sintió que resbalaba del taburete arrastrada por la mano de Clay en su nuca.

Levantó la vista con ojos brillantes y el corazón brincando. Después de cinco días, era evidente que la montaña no iba a ir a Mahoma. Saber que debía enfrentarse con él era una cosa, pero una mujer adulta que se había comportado como una ninfómana había necesitado cinco días para reunir el valor necesario. Creía haberlo logrado, pero todo su valor se había quedado en la entrada del bar. Aquella primera noche había pensado que su reacción al ver a Clay estaba mediatizada por el alcohol. No obstante, un simple vistazo y el pulso se le había acelerado igual que diez años atrás.

Clay seguía teniendo la estructura ósea de un vikingo, los ojos oscuros de un halcón y el pelo rubio, fuerte e indomable a cualquier peine.



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