Llegó a la alta valla que rodeaba los terrenos de la escuela elemental. Entonces se detuvo. Las niñas saltaban a la cuerda y los niños jugaban al baloncesto. Las risas y los chillidos parecían flotar suspendidos en el aire. Liz recordaba los recreos y la espera para subir a los columpios metálicos como si hubiera sucedido el día anterior.

Llevaba en casa dos semanas Y seguía esperando que la depresión volviera a aparecer. «¿Qué haces jugando con las hojas secas cuando estás sin trabajo, Liz? ¿No te preocupa el estado de tu cuenta corriente?»

Sí, estaba preocupada. Daba largos paseos, algo que no había hecho durante diez años. Otras mejoras incluían dormir y comer bien, recordar la sensación del sol en la cara, ver a viejos amigos, hacer cosas nuevas. La vida era maravillosa. ¿Cómo había podido olvidado durante tanto tiempo? La cara de su ex marido relampagueó en su mente. Pensó en David, y en todas las amigas con las que había ido a la escuela. Muchas se habían casado nada más terminar la secundaria, con destellos en la mirada y sueños de felicidad eterna. Ella no había querido cometer semejante error. Sus padres se habían querido y, a pesar de ello, su matrimonio había terminado en divorcio. Obviamente una relación no requería amor para funcionar. Requería esfuerzo y compromiso. Se había casado con un buen hombre y había tenido la intención de ser una buena esposa para él. Lo había intentado. Había planchado sus camisas y había leído libros de cocina, había escuchado sinfonías y había practicado ‹‹jogging», todo porque quería ser una buena esposa para David. Detestaba planchar, cocinar, la música clásica y sudar. Siempre lo había detestado. En aquella época, había creído que las mentiras inocentes eran necesarias.



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