– A la cama -murmuró Clay.

– Sí. ¡Oh, Clay! Necesito…

– Sé exactamente lo que necesitas, encanto.

La sujetó por la espalda para poder controlar la marcha de ambos. Con tacones, ella tenía una estatura decente, principalmente porque siempre usaba unos zancos criminales. Descalza era un renacuajo. Llevaba un conjunto de rayitas grises y coral con una blusa de seda y pendientes de coral en las orejas. El conjunto era recatado, femenino y elegante. Un ángel no habría parecido más casto.

Él guió al ángel hasta su dormitorio. Sabía dónde estaba; prácticamente había crecido en aquella casa. Andy tenía su habitación en el piso superior. Liz ocupaba la habitación de la parte posterior que antes había sido un porche.

No tuvo tiempo de encender la luz. Ella se volvió y le sonrió con una seguridad total. Sus caderas describieron otro de aquellos movimientos circulares que harían que un monje renunciara a los hábitos. Clay no había sido un monje nunca.

– Me deseas, ¿verdad, Clay? -susurró ella.

– Sí.

Jamás le mentía a una mujer en el dormitorio. Además, Liz no iba a recordar nada de aquello.

– Siempre me has deseado.

– Sí.

Consiguió quitarle la chaqueta, pero contuvo la respiración cuando ella se frotó contra él como un gatito desperezándose al sol. Le sujetó las manos antes de que creara más problemas de los que él podía controlar.

– No te preocupes si me porto tímidamente -susurró ella.

No era aquello lo que le preocupaba a Claro

– He intentado ser buena -confesó ella-. He intentado hacerlo todo bien. No importa. No me importa. Esta vez soy libre. Voy a ser mala y alocada. Vaya bailar a la luz del sol. Y esta vez voy a seducirte, Clay Esta vez no te vas a escurrir. ¿Crees que no puedo?



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