
– ¿Dónde has estado?
Las palabras surgieron antes de que él pudiera evitarlo. Liz acabó de quitarse la chaqueta y arqueó una ceja como respuesta. La sangre se había acelerado en sus venas desde que había visto el coche de Clay en el sendero. Él la miraba furioso. Llevaba vaqueros y una sudadera usada. Liz hubiera deseado que fuera desnudo. Las bibliotecarias sensatas y recatadas no debían pensar cosas así. Su búsqueda de la sinceridad psicológica era como abrir la caja de Pandora. «Limítate a sentir, Liz», decía una vocecita en su cabeza.
– Por ahí -contestó, y se acercó a la fuente de palomitas dirigiendo una mirada furiosa a su hermano-. ¿Cómo has podido comértelas todas?
– Clay se comió la mitad.
– Sois unos cochinos. Podíais haberme guardado unas pocas. ¿El Dallas ha sobrevivido sin mí?
– No -dijo Andy sombríamente.
– ¿Has salido con alguien que yo conozca?
Clay consiguió hablar esta vez en un tono más civilizado e indiferente. Ella le recompensó con una sonrisita.
– Con Frank Butler. Le recuerdas, ¿verdad? Fui al baile de graduación con él. Me he enterado de que estuvo casado, se divorció y se hizo cargo de la ferretería de su padre. Y frecuentaba el bar de Clay muchas noches de los viernes.
El mal humor de Clay empeoró. Se encontró siguiendo a Liz hasta el armario de la entrada, donde colgó la chaqueta; a la cocina, donde dejó la fuente de palomitas; a la entrada, en donde ella se detuvo con las manos en las caderas y gesto paciente.
– ¿Puedo ir al baño sola? -preguntó.
Él la estaba esperando cuando salió.
– No te estaba siguiendo.
– Ya me he dado cuenta.
– ¿Estás cansada o podemos hablar un momento?
Ella vaciló.
– ¿Andy?
Después de decirle a su hermano que iban a salir, cogió su chaquetón.
