Sacó la lengua para probar unas gotas y Clay soltó una risita. Liz no tenía la menor duda de que, si él tuviera otra mujer esperándole sola a las dos de la mañana, no estaría helándose bajo la lluvia. Clay se estaba relajando. Aflojó el paso y echó la cabeza hacia atrás. En sus ojos apareció un brillo malicioso al verla sonreír. No hablaron. Pasearon hasta que a Liz le dolieron las piernas, hasta que el sueño y la oscura lluvia y el silencio la envolvieron en un sensual manto. La vida era maravillosa. Con Clay sentía algo nuevo, una nueva fuerza creciendo en su interior. Lo que le parecía natural con Clay, nunca lo había sido con otro hombre. Estaba a punto de amanecer cuando regresaron a su casa.

– Ahora dormirás -le dijo él, aunque posiblemente no sabía que le había costado dormir durante las noches pasadas.

– ¿Clay?

Él iba hacia su coche, pero se volvió.

– Gracias -susurró ella. Luego se acercó y le besó en los labios.

Le sintió temblar y le vio cerrar los ojos. Cuando retrocedió, Clay suspiró.

– No.

Ella siguió allí mientras él llegaba al coche. Apoyó ambos brazos en la cubierta del coche y durante un momento, como si estuviera decidiendo algo, y luego dijo:

– Dijiste que querías conocer a mi hijo y sólo faltan unos días para Halloween. ¿A 1as seis y media?


El día de Halloween a las siete en punto, Clay descubrió que tenía el hombro pegado a la puerta del cuarto de baño. Unas noches antes le había parecido una buena idea que Liz conociera a Spencer. El paseo bajo la lluvia había tenido la finalidad de distraer a Liz de su reciente divorcio. Clay no había dejado de preocuparse por ella desde la noche del balancín.



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