
No se trataba de que a Spencer no le gustaran las chicas, pero el hijo de Clay nunca hablaba con una mujer si había un perro en la misma habitación. Durante años, Spencer se había acostumbrado a aterrorizar a cualquier mujer que entrara en la vida de Clay Él no quería que Liz pasara por dicha prueba, pero cuando un hombre tiene en casa una carabina de semejante magnitud…
Una velada de Halloween con Spencer mantendría ocupada a Liz. Lo que él no había imaginado había sido la aparición de Liz en su puerta con una falda de percal zarrapastrosa, pecas pintadas en la nariz y trenzas medio deshechas detrás de las orejas.
Ni Spencer tampoco.
– Más horrible, por favor.
La exigencia de Spencer sacó a Clay de su ensueño.
– ¿No crees que ya estás bastante horrible?
– ¡Demonios, no! Quiero parecer aterrador, pavoroso, sanguinario.
– Puede hacerse, cariño.
Liz se inclinó sobre el hijo de Clay con un tubito blanco. Spencer estaba sentado en la taza con las piernas cruzadas y la cabeza echada hacia atrás. Su cara tenía una base blanca, un ojo con un cuadrado azul y ambas cejas pintadas de amarillo chillón. Lenta y firmemente, dibujó una raya roja en la comisura de la boca. Luego retrocedió para observarle.
