– Sé que puedes -murmuró él. Había desabrochado muchas blusas, pero aquellos botones estaban forrados de seda y eran resbaladizos. Además, estaban a oscuras.

– No tengo el cuerpo de Mae West -susurró ella.

– No me ha importado nunca, créeme.

Tuvo que desabrochar los botones de los puños para poder quitarle la blusa por fin. -Qué vergüenza. Llevo un sujetador con relleno.

– Lo veo.

– No estoy lisa. Es que no me gusta que los pezones se noten a través de la tela.

A él no le importaba, pero en ese momento no estaba prestando mucha atención a la conversación de ella. Su piel era tan blanca como la luz lunar y maravillosamente suave. Seguía teniendo figura de jovencita más que de mujer, con una cintura pequeñísima y caderas de chico. Necesitaba desesperadamente buenos filetes y tartas de limón y merengue para ganar unos kilos.

Intentó pensar en las tartas de limón y merengue. Pero sólo podía pensar en el sexo. El cuerpo de ella era cálido y el calor realzaba el perfume que ella llevaba. Clay pensó que habría resultado útil que ella hubiera cambiado de perfume, pero comprendió que no era cierto. Adoraba su perfume y adoraba su delgadez. Adoraba sus pechos pequeños y su barbilla. Adoraba su boca.

Miró fijamente aquella boca. Ella no sabía lo que estaba haciendo. Él no debía estar allí, y mucho menos desnudándola. No se sentía culpable, pero tampoco le sorprendía no hacerlo.

Recorrió la cinturilla de la falda con dedos expertos hasta descubrir el botón y la cremallera en la espalda. Apoyó la mejilla de ella en su pecho y consiguió abrir ambas cosas de manera que la falda cayera al suelo.

La presión de los pequeños pechos y las esbeltas caderas provocó en él una inmediata reacción física. Había imaginado aquel momento muchas veces. Apretó los dientes.



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