
– Mírate ahora -sugirió.
Spencer puso un pie calzado con una zapatilla deportiva en la tapa de la taza para poder verse en el espejo inclinando la cabeza.
– ¡Demonios! ¡Tengo un aspecto maravilloso!
– No reniegues.
Eran las primeras palabras que Clay conseguía decir en media hora.
El vampiro le ignoró, pero la niña extraviada le dirigió otra mirada interrogativa con sus tiernos ojos castaños: «Creía que me habías dicho que nole gustaban las mujeres».
¿Qué podía decir él? Spencer nohabía cerrado el pico desde que ella había entrado con el tubo de sangre falsa y el estuche de maquillaje.
– ¿Crees que necesito un poco más de sangre?
Liz miró a Spencer con mirada crítica.
– Creo que estás muy bien. Por otro lado, en Halloween nunca se lleva demasiada sangre. Como quieras.
– ¿Qué opinas, papá?
– Creo que ya es hora de que lleve a los dos… niños en el coche si queréis llenar esas bolsas de dulces.
La manzana en la que Clay detuvo el coche estaba iluminada por las luces de los porches, las farolas y las calabazas con velas dentro. Los residentes podrían presentarse a las pruebas para una película de miedo. Los payasos se mezclaban con los Dráculas. Las brujas se cruzaban con golfillos con caretas de plástico. Un San Bernardo con un barrilete al cuello acompañaba a sus amos de puerta en puerta.
La niña extraviada y el vampiro llamaron a cinco casas antes de volver al coche corriendo y riendo. Liz subió junto a Clay y cerró la puerta con todas sus fuerzas.
– ¡Mira qué botín! -chilló.
– Sí. ¿Quieres cambiar?
Spencer estaba inspeccionando su bolsa.
