– Claro que quiero cambiar. Detesto los caramelos duros. ¿Te han dado nueces?

– No sabía que planearas ir con él -murmuró Clay en voz baja.

– Se lo había prometido a tu hijo -respondió Liz simplemente.

Clay estaba confuso. Se sentía asombrado, aunque encantado, de que Liz y Spencer hubieran congeniado. Los tres lo estaban pasando muy bien y comprendió que un hombre podía enviciarse fácilmente con las risas de un niño y una mujer. Pasaron dos horas antes de que los dos estuvieran exhaustos. De regreso al aparcamiento del motel, Clay llevó a Spencer hasta la puerta antes de acompañar a Liz hasta su coche.

– Ve a enseñarle todo a Cameron. Vuelvo en un abrir y cerrar de ojos.

– Nunca había conseguido tantos dulces. Tenemos que llevarla otra vez -dijo Spencer con mucha emoción-. Es maravillosa, papá.

Clay había notado que cada vez que Liz hacía «un cambio», su bolsa permanecía milagrosamente vacía mientras la de su hijo estaba a punto de reventar. Volvió junto a la rubia pecosa y delgaducha capaz de seducir sin ningún esfuerzo a los varones Stewart. Ella estaba apoyada en la puerta de su coche con las llaves bailando en la mano. Su alegre mirada le puso nervioso.

– ¡Es un chico estupendo, Clay! y creo que me ha dedicado el mejor de sus cumplidos. Me ha dicho que no parecía una chica. Me ha dicho que yo era casi una persona normal.

– ¿Qué edad crees que debe tener un niño para aprender a tener tacto? -preguntó Clay débilmente.

Ella rió y se impulsó hacia él. Él se habría apartado de haber tenido tiempo, pero los dedos de ella le rodearon el cuello rápidamente.

– Gracias por pedirme que viniera. Lo he pasado maravillosamente.

Liz se puso de puntillas y le besó. Sus labios sabían a caramelo y chocolate. Sabían a inocencia, felicidad y risas. Clay intentó pensar en la cara pecosa de una niña. Intentó pensar en las facturas del dentista que ella le iba a echar encima por darle a su hijo todos aquellos dulces.



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