Pero las facturas del dentista no podían competir con el olor a rosas amarillas. Como movidas por voluntad propia, sus manos subieron hasta las trenzas, deshaciéndolas. Ella era tan pequeña, su cuerpo tan frágil… Liz siempre había sabido a algo que él nunca había tenido, nunca tendría y no quería tener. Ella podía hacer que un hombre olvidara… la fealdad. La fealdad de crecer con el estigma de bastardo. Los feos recuerdos de una cocina llena de botellas vacías en vez de comida. Los recuerdos de haber sido rechazado de adolescente para trabajar a tiempo parcial por ser quien era, de utilizar los puños para vengarse del mundo, de intentar hacer lo correcto muchas veces y acabar haciendo lo incorrecto siempre.

Había madurado por Spencer y luchaba por salir de aquel pozo emocional. Pero cada vez que tocaba a Liz la vieja imagen de perdedor le obsesionaba. Él no era un buen tipo; él no era un caballero andante. Más de una mujer le había llamado «insensible›› en la cara. Liz estaba condenadamente loca. Le besaba como si besara a alguien maravilloso, vulnerable, abierto, generoso. Retrocedió bruscamente y se quedó atónito al mirarla. Sus labios estaban rojos por la presión que habían ejercido los suyos. Sus ojos brillaban sensualmente. Él le había revuelto completamente el pelo.

– No -dijo roncamente.

– Está bien, Clay.

– No lo está.

Por una vez, sólo por una vez en su vida, iba a hacer lo correcto. No podía echar a perder algo tan preciado para él: a una mujer tan vulnerable como Liz.


El grifo del cuarto de baño del piso de abajo goteaba desde que Liz tenía memoria. Muy consciente de que su falda de lana crema y la blusa de color albaricoque no eran adecuadas para hacer de fontanero, Liz sacó la vieja caja de herramientas del sótano, se subió las mangas y se inclinó sobre el lavabo con decisión.

Andy había salido. Era viernes y tenía una cita. El reloj del vestíbulo dio las seis.



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