
Un momento ideal para arreglar un viejo problema. Trasteó con el grifo, pero el tornillo de presión no quiso ceder, lo que no la sorprendió en absoluto. Su hada madrina le había fallado durante toda la semana. Cada uno de los antiguos problemas que había decidido resolver seguía testarudamente en pie, empezando por la busca de trabajo y acabando por Clay. Cogió el viejo envase de lubricante deseando poder echar un poco en el cerebro de Clay Stewart. La semana transcurrida había sido como en el pasado, con Clay apareciendo regularmente. El lunes después de las clases se habían presentado Spencer y él, Spencer con una sucia bicicleta y Clay con un tándem alquilado e insistieron en que los acompañara a dar un paseo junto al río. El martes se había presentado con dos cajas de chocolates, el vicio de Liz. El miércoles había llevado a Spencer y los tres se habían dedicado a rastrillar hojas. Le revolvía el pelo con tanta frecuencia como a Spencer. Se burlaba diciéndole que no estaba en forma. Liz no estaba ciega y no era necesario que Clay gritara que seguía viéndola como una hermana adoptiva. ¿Nunca iba a pensar en ella como una amante? Muy bien. Las dudas sobre sí misma como mujer, la culpabilidad por su fracasado matrimonio aumentaron rápidamente. No tenía motivo alguno para creer que estaba interesado en ella de otra manera. Salvo porque se estremecía siempre que ella le tocaba. Cuando le veía con Spencer, veía un padre exageradamente protector y muy sensible respecto a su pasado. Una semana antes, había creído que ser sincera consigo misma, confiar en su intuición como mujer y guiarse por sus sentimientos era terriblemente importante. Huir era muchísimo más fácil. Siempre se le había dado bien huir. Enamorarse del hombre equivocado en el momento equivocado era similar a saltar de un acantilado. Y saltar de un acantilado no era divertido. Especialmente cuando la palabra favorita de dicho hombre era «no» y tenía la irritante costumbre de revolverle el pelo.