El maldito grifo se negaba a arreglarse. El lubricante sirvió para aflojar la tuerca. Pero, en cuanto Liz giró la llave, el agua brotó. Se apresuró a seguir apretando cuando oyó llamar en la puerta trasera.

– ¡Un momento! -chilló, y luego se levantó y fue a coger un trapo… Naturalmente no había trapo. ¿Nada iba a salirle bien aquella semana? El agua seguía brotando y el aporreo en la puerta continuaba. Exasperada, corrió a abrir.

A través de los cristales vio a Clay iluminado por la luz amarilla del patio. Su pelo rubio estaba revuelto por el viento y llevaba una vieja chaqueta vaquera. «Otra visita improvisada entre viejos amigos», pensó ella con impotencia. Él empujó la puerta y entró con una ráfaga de aire frío y una avasalladora sonrisa masculina. A Liz se le aceleró el pulso, sentía calor en las zonas más íntimas de su cuerpo y sus hormonas cobraron vida. Y lo único que Clay hacía era reírse de sus manos sucias de aceite..

– No me digas lo que estás haciendo. No quiero saberlo.

– Fontanería -confesó ella pesarosa.

– ¿Problemas?

– No te imaginas ni la mitad.

La sonrisa de Liz fue irónica hasta que recordó bruscamente que no tenía tiempo para sonrisas. Volvió corriendo a la inundación seguida por Clay, que echó un vistazo, se puso en cuclillas y cogió la llave. Su sonrisa hablaba por sí sola.

– No te atrevas a decir nada -añadió.

– ¿Has pensado en pedirle a Andy que se encargue de esto?

– ¿A mi hermano? ¿Le has visto cambiar el aceite del coche alguna vez? Siete horas de palabrotas y grasa desde aquí a Milwaukee. Además, no soporta a las mujeres que sienten palpitaciones cuando ven un martillo. Soy perfectamente capaz de…

Suspiró. Él sólo había tenido que mover la llave y el agua había dejado de manar.

El tono de Clay fue de disculpa.

– Oye, si quieres, lo aflojo otra vez para que puedas arreglarlo. Yo me limitaré a observar con aire desvalido y sumiso.



45 из 110