Liz volvió a atisbar por encima de la carta. Clay seguía sentado frente a ella. Se había quitado la chaqueta vaquera y la camisa blanca se tensaba sobre los anchos hombros. Tenía muy buen aspecto. Parecía el Clay de siempre. Pero Clay siempre había detestado los clubes de campo por su ostentación y formalidad. Si tenía hambre, disponía de un estupendo restaurante de su propiedad y durante las semanas que ella llevaba en casa, él había dejado claro que era la última mujer que asociaría con cenas y bailes. Debía estar enfermo.

Sus miradas se encontraron. Él sonrió. Ella le devolvió la sonrisa. Debía estar enfermo. ¿Un tumor cerebral?

Apareció un camarero de mirada apacible.

– ¿Te importa si elijo yo? -le preguntó Clay.

Ella negó con la cabeza

– Una botella de Chateau Lafitte para la señora.

Ella se quedó boquiabierta.

– ¿Y para usted, señor?

– Cerveza, la que tengan de barril. Liz, ¿quieres algunos entremeses?

Lo que ella quería era nitroglicerina para su inminente ataque cardíaco. Su lengua se negó a funcionar durante varios segundos.

– Quisiera una ración de ostras, por favor -le dijo finalmente al camarero.

La sorpresa relampagueó en los ojos de Clay y ella inclinó la barbilla en un gesto obstinado. Nunca había tomado ostras, pero ya era hora de dejarse de vacilaciones y hacer lo que todo el mundo. Seguía sin comprender por qué él la había llevado a aquel carísimo y pretencioso restaurante. En cuanto el camarero se perdió de vista, Liz se inclinó sobre la mesa.

– ¡Deprisa! ¡Llámale!

– ¿A quién?

– Al camarero -siseó ella frenéticamente.

Una sonrisa maliciosa curvó las mejillas de Clay

– Has cambiado de opinión sobre esas ostras…



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