
Sus miradas se encontraron. Él sonrió. Ella le devolvió la sonrisa. Debía estar enfermo. ¿Un tumor cerebral?
Apareció un camarero de mirada apacible.
– ¿Te importa si elijo yo? -le preguntó Clay.
Ella negó con la cabeza
– Una botella de Chateau Lafitte para la señora.
Ella se quedó boquiabierta.
– ¿Y para usted, señor?
– Cerveza, la que tengan de barril. Liz, ¿quieres algunos entremeses?
Lo que ella quería era nitroglicerina para su inminente ataque cardíaco. Su lengua se negó a funcionar durante varios segundos.
– Quisiera una ración de ostras, por favor -le dijo finalmente al camarero.
La sorpresa relampagueó en los ojos de Clay y ella inclinó la barbilla en un gesto obstinado. Nunca había tomado ostras, pero ya era hora de dejarse de vacilaciones y hacer lo que todo el mundo. Seguía sin comprender por qué él la había llevado a aquel carísimo y pretencioso restaurante. En cuanto el camarero se perdió de vista, Liz se inclinó sobre la mesa.
– ¡Deprisa! ¡Llámale!
– ¿A quién?
– Al camarero -siseó ella frenéticamente.
Una sonrisa maliciosa curvó las mejillas de Clay
– Has cambiado de opinión sobre esas ostras…
