– No es eso, tonto. Es por el champán. ¿ No has visto el precio de esa botella? ¡Ciento catorce dólares!

– Si no te gusta, puedes echarla en el jarrón -la consoló él.

– ¡Esa no es la cuestión! Clay, es una locura desperdiciar un buen champán con alguien que apenas bebe.

– Creo que tenemos tiempo para un baile antes de que nos sirvan.

Él se levantó y le tendió una mano. Cuando volvieron a la mesa, la cerveza de Clay estaba sobre la mesa con una fina capa de espuma y el camarero esperaba para servir el champán. Liz se llevó los dedos a las sienes mientras se sentaba. La orquesta había tocado un vals por última vez, y mucho menos con un acompañante que la abrazaba como si estuvieran bailando en un salón de baile vienés.

– Háblame de tu búsqueda de trabajo. ¿Esta siendo difícil?

– Un poco- admitió ella.

– ¿Has ido a la biblioteca y a la escuela a ver si tienen vacantes de bibliotecaria?

Ella se quedó sin habla un momento. Clay la miraba intensamente desde el otro lado de la mesa. Sus ojos oscuros seguían el movimiento de sus labios, se posaban en el blanco del cuello y se demoraban en sus pechos.

– No, no estoy buscando trabajo de bibliotecaria.

– ¿Por qué, encanto?

Ella hizo una pausa antes de responder para tomar un sorbo de champán. La burbujeante bebida merecía un momento de silencio reverente.

– ¿Liz?

– Te iba a contestar. Pero es difícil de explicar -admitió con sinceridad-. Trabaje mucho para obtener el titulo de bibliotecaria y supongo que debe parecer una estupidez que lo abandone para buscar otra cosa. Además, el trabajo que yo tenía era seguro, estable.

Calló cuando el camarero puso el plato de ostras ante ella. Los bulbitos de un gris plateado estaban servidos con sus conchas y con una atractiva guarnición de hortalizas verdes. Tenían un aspecto…resbaladizo. Noto la mirada de Clay en su rostro y cogió el pequeño tenedor para ostras.



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