
Ella se echó hacia atrás. Él tardó un momento en comprender que pretendía desabrocharle la camisa. No pudo. Él dudaba que pudiera ver los botones siquiera. Se le doblaban las piernas y no conseguía mantener los ojos abiertos.
Él le permitió juguetear con los botones de su camisa mientras se inclinaba para apartar la colcha blanca. La almohada estaba metida en una especie de saco con volantes. No podía sacarla y sujetarla a ella al tiempo.
– Clay… -susurró ella roncamente.
Dejó de entretenerse con los botones y deslizó las manos camisa arriba hasta el cuello de Clay. A él se le aceleró el pulso y le sudaban las manos como a un adolescente. Soltó el saco con volantes. Al demonio con él.
– Acuéstate -murmuró.
– No. Quiero…
– Sé lo que quieres, encanto. Dame un segundo para quitarme la ropa.
– No… No tienes que tener cuidado, Clay. No tienes que ser amable. Yo…
– Sí. Quieres que te haga el amor, pero no como a una dama. Sin «por favor›› ni «gracias››. Quieres que te posean hasta que no puedas pensar, ni respirar y todo el maldito mundo se aleje. Créeme, encanto, me gustaría muchísimo darte exactamente lo que quieres.
Con alcohol o sin él, la antigua Liz se habría sentido ofendida ante semejante rudeza. Él había contado con ello y no estaba preparado para su febril susurro:
– Sí. Dame lo que quiero, Clay.
¡Maldición! Puso su boca sobre la de ella con un beso que la obligó a apoyar la cabeza en la almohada. Ella murmuró algo que estuvo a punto de destrozar la salud mental de Clay La metió entre las sabanas mientras ella seguía rodeándole el cuello. Luego, le soltó los brazos lentamente.
– Clay…
– Estoy aquí. Me estoy desnudando. Cierra los ojos un momento.
– No. Yo…
– Cierra los ojos, Liz.
Clay permaneció en silencio en la oscuridad, esperando.
No pasaron muchos minutos antes de que su voluptuosa seductora permaneciera inmóvil. Clay cruzó la puerta trasera. Sus pulmones inhalaron el aire de la noche otoñal. Desde las sombras del porche trasero podía ver una bandada de luciérnagas danzando en el patio. En treinta y un años nunca había conocido a una mujer tan peligrosa para su equilibrio como Liz.
