
Si ella recordaba algo de lo ocurrido esa noche, él dudaba que volviera a hablarle, lo que le parecía perfecto.
A las cuatro de la tarde siguiente, Liz estaba en el cuarto de baño del piso superior dando golpecitos a un bote de aspirinas en la palma de la mano. Tenía la cabeza llena de cascabeles, la garganta seca y en los ojos castaños que la miraban desde el espejo del botiquín había unas venillas rojas.
Si no supiera que no podía ser, habría pensado que tenía resaca. Lógicamente, no era posible tener resaca sin haber bebido alcohol. ¿Cómo podía tener un dolor de cabeza tan peculiar?
Tragó dos tabletas y se estremeció. Muchos de sus recuerdos de la noche anterior eran difíciles de explicar. Por su mente pasaban frases relacionadas con Clay Stewart, ninguna de las cuales podían haber salido de los labios de una sensata y seria bibliotecaria de veintisiete años. No obstante, Liz había dejado su profesión en Milwaukee. También tenía un hermano en la planta baja que se estaría preguntando si estaba viva o muerta.
Bajó la escalera de puntillas con la cabeza latiéndole dolorosamente para buscar a Andy. Lo encontró, como era de esperar, repantigado en una silla de la cocina con un montón de exámenes de matemáticas ante él. Andy no había cambiado.
Seguía pareciendo como si midiera tres metros y tenía la constitución delgaducha de un jugador de baloncesto. Incluso en una tranquila tarde de sábado, parecía el profesor de matemáticas que era: superserio, un poquito pedante y vestido con un suéter de cuello alto azul que era su favorito desde hacía diez años.
La miró de reojo cuando entró.
