
– ¡Vaya! Parece que la momia se ha decidido a resucitar.
– A todos los relojes de esta casa les debe pasar algo -le informó ella -No pueden ser las cuatro de la tarde.
– Pues lo son. Algunas personas duermen como marmotas.
Ella le acarició el pelo rubio de camino al congelador.
– A pesar de tus insultos, hermano, podrías persuadirme de que te prepare la cena. Suponiendo que…
Echó un vistazo dentro y luego miró a Andy con desesperación.
– ¿Tuviste miedo de que hubiera escasez de helado de pistacho? Aquí dentro hay tres kilos.
– No supe que venías hasta hace dos días -se defendió Andy.
– No me vengas con tonterías. No habrías hecho la compra aunque te hubiera avisado con cuatro años de antelación.
Milagrosamente encontró dos paquetes de filetes detrás del helado y los platos precocinados.
Las sonrisas de Andy eran tan indolentes como él.
– No he dicho que habría hecho la compra. He dicho que no he tenido tiempo.
Añadió en tono indiferente:
– Casi vuelves a parecer humana.
– Gracias.
El tono de Liz fue irónico y aliviado a la vez. Discutir con Andy era tan reconfortante como un buen fuego en una fría noche de invierno.
– Cuando entraste por esa puerta anoche…
– Lo sé. Parecía la novia de Frankestein. No me lo restriegues. Cuarenta y ocho horas sin dormir y un viaje de cuatro bajo la lluvia.
Giró el mando del microondas a «descongelado» y le dirigió a Andy una sonrisa tranquilizadora. No había tenido intención de preocuparle la noche anterior. Sabía que él la apoyaría en cualquier crisis, pero también era un hombre al que le daba pánico hablar de emociones.
– ¿Estás segura de que ahora te encuentras bien? Porque Clay pensaba que…
– Desde luego que estoy bien, aparte de sentirme como una niña malcriada por haber dormido todo el día. Y en cuanto a Clay…
Ella no había empezado a beber aquellas letales limonadas hasta que Andy se fue a la cama, convencido de que Clay y ella querían hablar de los viejos tiempos. Entonces…
